África es mujer
La sonrisa blanca y los ojos apretados. No quiere mirarnos,
salvo que reciba algo a cambio. La espalda está doblada en un imposible sostén
para la madera que carga.
La mujer amharic viste túnicas blancas y camina en sandalias
polvorientas por caminos polvorientos que la llevan a iglesias polvorientas.
En la arena arcillosa del campo de los dassenech, ella se
apoya sobre el arado de mano y nos mira pasar. Blancos…piensa. Al menos dejarán
algo con qué comprar paja para los techos….o quizás traen highland (el agua)
, o quizás frutas, que acá no crecen en
los árboles. Piensa, y nos mira, sigue nuestros pasos hasta dentro de la aldea
y vuelve a romper la costra de la tierra para que caigan otra vez las semillas,
como cada año, como cada vida de esas manos negras.
Me han dicho que valen 40 cabezas de ganado. Que un hombre
puede tener tantas mujeres como quiera mientras pueda pagar por ellas. Y que si
ya no son fértiles, serán olvidados hasta sus nombres, para ser solamente las viejas que cuidan a los niños mientras
las jóvenes vuelven al campo a romper la tierra, y parir semillas e hijos.
En las tribus primitivas que habitan Etiopía, las mujeres no
conocen más derecho que el de chismosear en una casa separada, de paredes de
palo, donde se cuentan sus penas de amores y trabajos y niños rebeldes.
Pero todos comen y se visten gracias a ellas, y cocinan con
la leña que ellas cargan y toman de la poca agua que sus espaldas cansadas -y
las de sus niños- les permiten cargar, por kilómetros, cada día.
Lo que vi fue eso. Hombres a la sombra de unas hojas ralas.
Y mujeres al sol del día entero. Con el trabajo al hombro.



